Usted está en: Inicio / Programa de Ingeniería de Sistemas - Programa de Ingeniería Industrial - Programa de Matemáticas / La ética profesional en el mundo de la ingeniería

La etica profesional en el mundo de la ingeniería

Finalizando la segunda década del siglo XXI, la ética sigue siendo uno de los grandes retos del ser humano. Cuando Aristóteles escribió, en el siglo IV a.C., el tratado Ética a Nicómaco, postula uno de los cimientos de esta filosofía de vida en la cultura occidental, es decir, sugiere que la virtud lleva a la felicidad, pero señala que la virtud no es un conocimiento, como lo proponían sus maestros Sócrates y Platón, sino un hábito; lo cual indica que este comportamiento es una acción permanente y no un estado del alma. Esta es pues la base de la ética, tal como hoy la interpretamos. En este sentido, la búsqueda de la felicidad es más compleja que lo que imaginamos, puesto que requiere de actos conscientes y sostenidos, en el difícil arte de vivir correctamente, en el contexto de la convivencia en sociedad.

Ahora bien, el mundo contemporáneo le agregó un elemento adicional a la actuación de las personas, y se trata de aquellas responsabilidades relacionadas con el trabajo. Debe recordarse que los rituales laborales surgen con la Revolución Industrial, movimiento socio-económico que se consolida en la Gran Bretaña, a mediados del siglo XIX. Este momento de la historia es crucial para entender la economía de mercado que hoy nos embarga; durde vida apoyado en la producción industrial y la urbanización. En este entorno, Adam Smith y David Ricardo leante esa etapa la humanidad abandona una economía basada en la agricultura y emprende el camino a un estilo  dan fundamento a la teoría del liberalismo económico; es decir, se abren paso la libre empresa, la máquina de vapor, la fábrica, la producción en línea, la contratación de obreros y la organización y distribución del trabajo. Este panorama da lugar a lo que a mediados del siglo XX se reconoce como la ética profesional, o deontología, campo de estudio propuesto por el inglés Jeremy Bentham, padre del utilitarismo.

Así pues, la reflexión sobre la moral de las personas, consagrada en la ética, pasa ahora de ese estrecho círculo de las familias, las aldeas medievales y los pequeños talleres, propios de la era de la agricultura, hacia un contexto más amplio y complejo, donde entra en escena el hombre profesional de la era industrial y sus mercados globalizados.Se suma a esta dinámica económica el proyecto político de la modernidad establecido durante la Revolución Francesa, en el siglo XVIII. Los postulados antimonárquicos de Montesquieu y Rousseau dieron lugar a las tres ramas del poder público del sistema democrático, al igual que la práctica del sufragio universal o voto; igualmente, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano fortalecieron algunos preceptos éticos de las nuevas sociedades en la cultura occidental. Adicionalmente, el marco democrático de las sociedades contemporáneas quedó consolidado, en 1.787, con el modelo de Constitución Política estructurado en los Estados Unidos de América.

El anterior proceso histórico refleja que la ética visualizada por los antiguos maestros griegos, con los nuevos ingredientes de la modernidad, adquiere un nuevo estatuto. El nuevo rigor de la ética es sistematizado por Kant y su imperativo categórico; esto quiere decir que no importa si la acción moral de la persona es buena o mala en si misma, lo importante es la intención que mueve a realizarla, por ello, el único fundamento para la ética es el deber. En la filosofía kantiana querer hacer el bien es lo sustancial; la máxima perfección ética es el cumplimiento del deber mismo, el cual es señalado por las mismas estructuras sociales y su alcance será universal. Cabe recordar que el kantismo consolida la idea del hombre racional como determinante del comportamiento; también el individualismo, en la práctica de la responsabilidad frente a decisiones éticas conforme a las leyes. Dicha teoría, junto con la virtud aristotélica, más los valores cristianos, los cuales plantean a Dios como el bien supremo, consolidan en occidente el terreno sobre el cual los profesionales van encontrando su visión ética.

Durante este proceso fue importante el nacimiento de la universidad, como lugar por excelencia, en donde se dieron las grandes discusiones sobre la moral y la ética. Esta institución, al servicio del conocimiento y las ciencias, inició sus actividades con la fundación de la Universidad de Bolonia en el año 1.088. La iniciativa italiana es reforzada por la Universidad de Oxford, en Inglaterra, fundada en el año 1.096; también, por la Universidad de París, conocida también como la Sorbona, fundada en 1.150, instituciones que edificaron el criterio del cuerpo colectivo de estudiantes y profesores dedicados al estudio de los saberes universales, contenidos en las Sumas de la filosofía, la teología, el derecho, la medicina, las matemáticas, la astronomía, la lógica, la retórica y la gramática. El movimiento se consolida con las universidades de Cambridge, Inglaterra (1.208); Salamanca, España (1.218); y Coímbra, Portugal (1.290). En América, la primera universidad es la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, fundada en 1.551 en Perú; igualmente, la primera universidad en Colombia se funda en 1.580, la Universidad SantoTomás; así mismo en Estados Unidos, la primera universidad, fundada en 1636, es la de Harvard.

El siglo XVIII es el punto de inicio para una gran transformación de la universidad. Estas instituciones, otrora monopolio de la iglesia católica, quien ejercía una gran influencia en el plan de estudios, comienzan a ser regentadas por otras instancias como grupos de profesores particulares y los gobiernos de los nacientes EstadosNación. Así mismo, los movimientos sociales de la Reforma Protestante, la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, el descubrimiento de América y los crecientes descubrimientos científicos, abren la puerta para que la tradicional escolástica y las academias independientes comiencen a integrarse en una nueva perspectiva. El eje estructurante del nuevo estilo de la universidad es el modelo alemán, establecido por Wilhelm von Humboldt, quien fundara en 1.810 la Universidad de Berlín, el cual se apoyaba en la libertad de pensamiento y la investigación científica; de igual manera, se introdujeron los elementos del modelo francés, consistente en la disciplina estricta y el control vigilante de todas las instancias de la institución universitaria, como los planes de estudio y la concesión de títulos.

Con esta dotación, la universidad de los siglos XIX y XX centra sus esfuerzos en el estudio de las ciencias y la aplicación de la metodología de la investigación; sin embargo, es una educación que se encuentra orientada hacia una pequeña élite que logra tener acceso a sus claustros, quienes reciben formación orientada al humanismo intelectual, el anclaje en la cultura greco-romana y un bajo interés por los asuntos públicos de las comunidades. Fue determinante en este periodo la secularización de la universidad; equivale esto a que la Iglesia Católica ya no era hegemónica en el gobierno de estas casas de estudio; de hecho, a comienzos del siglo XX, tanto Francia, como Gran Bretaña tenían el control del sistema de educación superior, en donde el estudio de la religión no era obligatorio. Colateralmente, durante este siglo los rápidos procesos de industrialización y urbanización provocan un incremento del acceso de las clases populares a la universidad y comienzan a surgir otro tipo de saberes como la economía, la política, la administración, el marketing y, por supuesto, las ingenierías.

El profesional en ingeniería, entonces, comienza a figurar a comienzos del siglo XX, cuando se crean las primeras escuelas y asociaciones de ingenieros. El oficio estaba antes muy emparentado con el de los agrimensores, los albañiles y maestros de obras. Así mismo, hasta finales del siglo XIX, las primeras escuelas de ingeniería, propiamente, dependían de las guarniciones militares y de los conventos religiosos; por ello, a los ingenieros egresados de escuelas desligadas de esas instituciones se los denominó ingenieros civiles. Por tanto, a partir de la ingeniería civil y sus hijas más cercanas, la ingeniería mecánica y la eléctrica, se derivaron más de 90 tipos de ingeniería en todo el mundo. Estas comenzaron a ser ofrecidas en las escuelas más antiguas, que datan de 1747, en Europa; en México y Brasil en 1792; y más recientemente en New York, en 1849; y en la Universidad Nacional de Colombia, en 1886, la escuela de ingeniería civil más antigua del país.

En general, el ingeniero es un profesional que utiliza su ingenio para transformar el mundo natural en un paisaje artificial. Con el uso de la técnica, la tecnología, la máquina y los diseños, es capaz de convertir los escenarios naturales, en espacios culturales o virtuales, en donde se instalan artefactos, que a su vez se convierten en generadores de identidad cultural. Tenemos, por ejemplo, la Torre Eiffel, la Capilla Sixtina, la Casa Blanca, los  Estudios de Hollywood, las hidroeléctricas, las turbinas de avión, las naves espaciales Apolo, los satélites, los computadores, entre otros. Por supuesto, el ingeniero, a través de la innovación y la invención, resuelve problemas de las empresas y las sociedades, transformando el conocimiento en algo práctico.

Lo anterior equivale a decir que los ingenieros, al tomar decisiones de diseño y desarrollo de sus grandes obras, en realidad están determinando la vida de las personas y de las demás especies en el planeta. Desde luego, las grandes innovaciones que surgen de su ingenio afectan la seguridad, la salud y el bienestar de las poblaciones; de la misma forma, sus obras impactan el medio ambiente y el equilibrio de los ecosistemas. Este complejo escenario crea entonces las condiciones para ubicar la real dimensión de la ética profesional del ingeniero; su desempeño en la sociedad influye de manera decisiva en el estilo de vida de las personas e incluso en sus procesos educativos y de formación ideológica. Hay que recordar que se estima que para el año 2.050, cerca del 70% de la población mundial vivirá en centros urbanos; y por supuesto, dichas ciudades, megalópolis y áreas metropolitanas, junto con sus dotaciones de alta tecnología, están siendo construidas, hoy, por ingenieros.

Las corrientes éticas predominantes en la cultura occidental, entre las que se cuentan, el hedonismo o la moral del placer, el estoicismo o la negación a los excesos; el cultivo de las virtudes; el fomento de los valores; la ética cristiana; el utilitarismo; la ética del deber ser; la ética del superhombre; la ética comunicativa; la ética ambiental; y la ética de mínimos, entendida como una forma de resolver las posiciones antagónicas, emanadas de la diversidad y la multiculturalidad, entre otras, crean los espacios propicios para que los profesionales en ingeniería definan sus principios y criterios de actuación en la sociedad actual. De lo anterior se deduce también que las poblaciones contemporáneas atraviesan por una profunda heterogeneidad de culturas, en donde es casi imposible asumir comportamientos universales. Es pues el gran reto de los ingenieros: construir edificios en donde diversas culturas puedan interactuar pacíficamente; diseñar sistemas electrónicos de computación que permitan el diálogo fluido de personas provenientes de diferentes idiomas, religiones y costumbres políticas.

Por consiguiente, uno de los más perturbadores dilemas éticos del profesional en ingeniería es participar, de manera imparcial e impoluta (intachable, irreprochable, impecable, virtuosa), en procesos sociales y económicos imprescindibles para la realización de grandes obras de infraestructura o de proyecciones empresariales; dinámicas que implican la realización de procesos licitatorios y contractuales, sobre los que gravita el demonio de la corrupción. Sucesos recientes, como el de la operación Lava Jato, en Brasil, en donde la compañía constructora internacional, Odebrecht, se involucró en actividades de corrupción con políticos, ingenieros y otras compañías de todo el continente americano, hacen pensar que la ética profesional tiene todavía un largo camino por recorrer.

Otro gran dilema ético del ingeniero se relaciona con su vinculación a actividades relacionadas con tendencias tecnológicas del futuro cercano. Una de ellas, la inteligencia artificial, conjunto de sistemas que aprenden, se adaptan y prácticamente actúan de manera autónoma, sobre todo en la automatización de datos; con ello la humanidad asume el riesgo de un estado intermedio entre las personas y los sistemas computacionales, capaz de transformar la naturaleza y estructura del trabajo humano. Son ya conocidos los prototipos de los vehículos autónomos, utilizados ya en la agricultura y la minería; robots domésticos e industriales; y aviones no tripulados.

Otra tendencia es la Digital Twins, o la representación digital de una entidad del mundo real; herramienta que permitirá potenciar la toma de decisiones en las empresas, frente a procesos cambiantes del entorno, como ya lo están practicando urbanistas, planificadores industriales y empresarios de la salud. Una tercera tendencia corresponde a la realidad virtual, en donde las personas pueden interactuar con el mundo digital; experiencia de inmersión que posibilita plataformas conversacionales, que ya incorporan cierto grado de compresión del lenguaje humano; así como las proyecciones holográficas, factor que determinará un cambio en las relaciones ópticas entre las personas y entre estas y las cosas.

El panorama descrito, en relación con la actividad profesional del ingeniero (el civil en el caso de las obras de infraestructura pública y el de sistemas en las actividades del mundo digital) plantea reflexiones éticas acerca de las virtudes, en lenguaje aristotélico, o el deber ser y hacer lo correcto, en el lenguaje kantiano, que de alguna manera debe incorporar el ingeniero en su actuar cotidiano. Así, las consecuencias de una decisión, no solo impactarán a las comunidades de hoy, sino a las futuras generaciones. El solo hecho de establecer el trazado de una carretera a través de una zona selvática, sugiere grandes transformaciones del ecosistema, cuyos costos ambientales no son predecibles, frente a la degradación del territorio que se pueda presentar como efecto de dicha acción antrópica. En consecuencia, las nuevas rutas y las grandes urbes del progreso que estructuran los ingenieros de hoy, pueden resultar siendo la exultación de la raza humana o la tumba planetaria del superhombre que quisimos ser. Es el gran dilema ético del profesional que con su ingenio transforma, su propia realidad y la de otros.

Florentino Márquez Vargas
Profesor de Humanidades de la Universidad Militar Nueva Granada
Filósofo, Especialista Ambiental, Magister en Economía,
Magister en Educación, Doctorando en Bioética.
florentino.marquez@unimilitar.edu.co
Bogotá D.C. octubre 2018

Publicado por Luisa María Fernández O El día 10/22/2018 Enlace permanente Comentarios (0)

Comentarios