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La noche del 29 de mayo de 1832, Évariste Galois sabía que en la mañana del otro día moriría, a los 20 años de vida. La crónica de su muerte relata que pasó toda la noche escribiendo cartas a todos sus conocidos: a sus familiares que jamás volvería a ver, a sus amigos de juventud que dejaría prematuramente, pero con la sabiduría diáfana que acompaña a los genios, pasó también esa noche escribiendo toda la teoría matemática que en su joven cerebro se moldeaba. Murió a las 10 de la mañana del 30 de mayo de 1832, posiblemente de peritonitis causada por el sable que atravesó su vientre luego de perder un duelo de espadas contra el campeón de esgrima del ejército francés. Ese joven irreverente, revolucionario, osado y un poco arrogante –como casi todos los matemáticos que conozco-, luego de rechazar la visita de un sacerdote, y pronunciar sus últimas palabras: “¡No llores!, necesito todo mi coraje para morir a los veinte años”, murió en el hospital de Chochin.

¿Qué fue lo que escribió Galois que era tan importante como para que en su última noche se esmerara tanto, en lugar de preparar una estrategia que le hubiese permitido vivir un poco más? Pues lo que Galois hizo fue dejar evidencia de una idea. La idea genial bajo la teoría de Galois es que se pueden representar ciertos conjuntos asociados a la solución de ecuaciones algebraicas mediante grupos de simetrías. Una idea, como las muchas ideas que la diosa Namagiri le susurrara en sueños a Ramanujan o como las que jugaban con la razón de Cantor cuando coqueteaba con el infinito, ideas como las que acompañan al tímido Perelman, o las que viajan por los pasillos de las universidades entre los que decidimos vivir las matemáticas.

Porque las matemáticas son mucho más que una respuesta o una pregunta, que un lenguaje o un código, las matemáticas son en sí la historia misma. Por eso, Ramanujan prefirió dejar a su hermosa esposa en la compañía de su madre, mientras él iba detrás de sus esquivos amigos enteros, por eso Galois prefirió llegar físicamente desgastado al duelo que le costó la vida. Porque las ideas de cada uno de los matemáticos (y en general, de cualquier persona) son las que trascienden por encima de su condición mortal y le regalan a cada uno de los que las conciben un poco de inmortalidad bien merecida. Euclides murió aproximadamente hace 2300 años y su nombre, fue, es y será mencionado por siempre en las aulas de matemáticas de todo el mundo gracias a sus teoremas.

Historias, algunas trágicas, otras envidiables, pero todas fascinantes. Por eso, la próxima vez que alguien me pregunte: “¿por qué matemáticas?”, no contare la historia de su aplicación en la teoría informática, en las finanzas mundiales ni en los satélites en órbita, la próxima vez que alguien me pregunte, por qué he decidido hacer de mi vida matemáticas, estoy claro que responderé contando la historia de alguno de los muchos matemáticos a través del tiempo, y estoy seguro de que cuando termine de contar su vida, el que me haya preguntado querrá saber la idea que hizo ser acreedor de ese poquito de eternidad al protagonista de mi relato y ahí cualquier persona será capaz de entender, y aún más, de sentirse atraída por ese terrible monstruo esquivo que en colegio conocimos y se llama matemáticas.

Miguel Ángel Rodríguez

Estudiante del programa de matemáticas, Konrad Lorenz Fundación Universitaria.

Este post participa en la Edición 8.3 del Carnaval de Matemáticas cuyo anfitrión es el Blog Semillas.
Publicado por Luisa María Fernández O El día 04/25/2017 Enlace permanente Comentarios (1)

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